27 de julio de 2016

¡¡Ja, ja, ja, ja!!

Mucho tiempo ha pasado ya. Múltiples experiencias me han ocurrido.
Habiendo pasado todo esto, me resulta curiosa una costumbre que fui adquiriendo a lo largo de estos años.  Se fue construyendo en mí de a poco, como uno de esos hábitos insanos que sabemos perfectamente (y no tan en el fondo) lo perjudiciales que nos resultan, pero que acogemos sin dudarlo como todo buen vicio que se precie.
Cada vez que me siento miserable, triste o furioso en extremo, sólo atino a reír a carcajadas como un maniático. Al principio sólo era una sonrisa que apenas asomaba en mis comisuras, insegura pero presente. Este estado evolucionó hasta convertirse en una reacción automática, casi fisiológica de mi cuerpo. Quiero llorar a mares, pero río. Quiero enfurecer y destrozar todo lo que me rodea, pero en cambio río. Quiero deprimirme, razonar acerca de mis padecimientos como un humano normal. Sólo río, un buen rato, como si me hubieran contado el mejor de los chistes. Es extraño que confiese algo como esto, pero la sensación al hacerlo es exquisitamente liberadora, triunfante. Mi risa me hace sentir inmortalizado, como si todas mis debilidades humanas trascendieran a través de mis contractuales carcajadas. Río y ya no me afecta la traición, la soledad, la decepción, el desamparo, o toda aquella emoción que provocan todas las llanas criaturas que me rodean (y que, por cierto, es lo único que pueden llegar a lograr).
Si todos rieran conmigo, mi calvario sería mucho más divertido. Ahora, estimado lector, ¿Te atreverías a experimentar esta risa tan exquisitamente discordante conmigo?