¿Podría ser mayor mi frustración al desear en vano interpretar tu figura con mis palabras y mis trazos? No, no existe arte merecedor de reproducir la sublimidad de tus curvas, el lirismo de tus rizos cuando los acuna el aire o la lozanía de las tiernas avellanas que hay en tus ojos. Podría observarte infinidad de tiempo mientras duermes, envidiando las telas que velan tu descanso. Mi mente vaga entre las constelaciones de tu espalda, de tus brazos, de tus manos...
Mi dulce niño, quiero que duermas para siempre con tu cabeza acunada entre mis pechos, iluminando mi vida y mi alma lentamente, como un plácido amanecer...