El fuego brilla pero quema, como mis pulmones, mi garganta y mi alma, combustionando con alcohol y tabaco lo que antes lo hacía el amor, el placer y la voluntad de vivir en plenitud.
La combustión que deja el tiempo y el pesar de la inercia y la continuidad pesadillesca que él conlleva, es más bien un ahogamiento conformista en un pozo de cenizas grises con flores muertas. Desprende de él un dulce aroma a coqueteo con la muerte, que aún no huele a putrefacto, sino a carne mansillada esperando el entierro de cuerpo entero.